Poesía
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    POESÍA PARA EL AMOR INFINITO
   

¿Por qué digo poesía?
Por Omar Cerasuolo
Hay una imagen que me recorre desde la más tierna infancia: el camino de tierra por el que acompañaba a mi padre cuando yo tenía 6 años. Hacíamos una legua y media a pie todos los días, hasta la escuela de campo en la que él era director, maestro y portero a la vez, nos daba clases a unos treinta alumnos de todos los grados. Y cuando por la tarde regresábamos al pueblo, a veces se desataban esas increíbles tormentas de antes, cargadas de viento fuerte y lluvia con piedras, entonces cuando resguardábamos de las inclemencias del tiempo en alguna alcantarilla del camino o en una acequia, el me recitaba versos de Almafuerte:

Si te postran diez veces, te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas
No han de ser tu caída violenta
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas
Todos los incurables tienen cura
Cinco segundos antes de la muerte.


Era como si papá conjurara la inclemencia de la naturaleza, con la rebeldía de la metáfora poética. Recuerdo todo esto con el asombro que entonces producía en mi, era como si todo se detuviera para escuchar el poema y se produjera un gran silencio.
Con el tiempo mi deseo surge con la intención de conseguir algo semejante o en todo caso lo mismo. Empecé muy pronto a recitar, tratando de embelesar o de seducir a los demás; tratando que los demás se detengan y que me escuchen con ojos y oídos de asombro.
Para mí. La poesía persigue dos visiones de realidad: una ligada al espíritu y otra ligada al alma. El primero es el reino de la razón, de lo previsible, mientras que lo segundo, por lo contrario, es el reino de lo indefinible, aquello que no elude, que se nos escapa, que es impreciso. El alma nos elude constantemente y esto es lo que hace que la situación del poeta sea incierta con respecto a la que produce en los demás; en todo caso creo que es sólo quien lee o escucha un poema, el que puede confirmar si esa confidencia del alma fue cierta o no.
Y allí es donde aparece la voz, el decir, la manera, el modo, el tono, la magia, el encanto; allí es donde me gusta internarme, trabajar, entregarme. Me importa mucho lo que definió García Lorca: “La voz echa a andar la letra que hasta entonces permanece acostada, está impresa en la hoja de papel”.
Es entonces cuando, alguien te escucha decir y te mira con ojos diferentes, que ocurre para mí lo más dichoso que te puede suceder y creo que esa sorpresa que causas en el auditor, en el oyente tiene mucho que ver con la sorpresa amorosa.
En esta definición hay mucho de vanidad, es cierto, pero no se busca la admiración hacia uno, sino que a través de un, algo acaba de suceder, algo pasa y es que el alma te ha a utilizado para mostrarse.
Decir de esta manera la poesía, es para mi un acto superior. El poder decir provocando, conmoviendo, es el don más grande que uno puede recibir en la vida.
Todo el mundo mientras vive, se va diciendo su propia historia, su propia vida, pero no todos consiguen organizarla u ordenarla y allí surgen la desesperación y la soledad, entonces es allí donde debe aparecer la metáfora. La máxima expresión que conocemos es la palabra poética. Dicen con pocos símbolos, con pocas palabras, lo que de otra forma llevaría una gran cantidad de elementos. De toda manera en la poesía siempre hay un gran sufrimiento, una búsqueda desesperada, aunque el poema surja como un soplo. En la creación siempre hay algo que viene de afuera, del exterior, algo mágico, misterioso, que uno no sabe como se llama, pero que es así, que está, que nace de pronto. La poesía se refugia en el descontento, hace aparecer lo que lo habitual no muestra y tiene una función salvadora, sobre todo del sufrimiento y en definitiva es una manera, sino la más importante, de protestar contra lo absurdo d nuestra vida.

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    CUEVA DE LA SALAMANCA

 
Dicen que si alguien llegaba
hasta el fondo del abismo,
se le aparecía el diablo
salamanqueando el bautismo.
Nombrando a la Salamanca
cuentan que un medio alunado,
se perdió entre las barrancas
con el rostro alucinado.
Hablan de la boca toma
los viejos de este lugar
sauce, río y duende asoma
por si alguien quiere soñar.
Cueva de la Salamanca
credo y misterio profundo,
con luna, sol y barrancas
se hace copla Río Segundo.
Lo cierto es que todo el mundo
anda buscando el lugar
y se adentra en el misterio
cuando lo siente nombrar.
Zorzales y reinas moras
nos llaman con voz de llanto
entrampando en la leyenda
el duende diablo del canto.
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    VIENE ITALO
 


Para mi, es un pedazo de pueblo
allá en el río.
Ojos inmensos, azules como el cielo.
Saco caído de tanto pesar cucos,
rumores y desvelos.
Cara redonda, la piel cortada a frío.
Manos grandotas, juntadoras
de pan, nube y rocío.
Y ademas un rincón de leyenda,
adentro mío.

Italo es pura ternura;
mas alla de su barba y de su ropa.
Y hay en el, un juego infantil
que se desmura,
volando en barrilete, siesta y sopa.

Viene Italo y el mundo cambia
en el vuelo juguetón del pueblo niño.
Viene Italo, por la plaza un día
y hay un rumor pequeño de magia
fantasía.
Nos dejará algún día, una tarde
cualquiera, caminando hacia el río
en busca de otros puertos.
Pero no habrá muerto.
Volverá en el rostro de un niño,
o tal vez de un perro flaco,
marchando un paso atrás;
dibujando en nosotros,
su alma al descubierto.
Ya lo verás.
 

Foto: Miguel Efrain Giraudo.

 

Omar Cerasuolo, 23 de mayo de 1990                

 
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